Sunday, 5 August 2007

Ensayo (III). Piedras.

Se acerca el atardecer en un paisaje para Él familiar, sin animales ni vegetación, todo quieto y previsible. No siente que nada le pueda sorprender. El cambio de la posición de los rayos de Sol alarga las sombras de piedras de distintos tamaños, formas y procedencias. Por debajo de él una depresión con forma redondeada donde se depositan muchas piedras. Apenas un kilómetro después el terreno se eleva y luego llanura eterna. Se imagina una puesta de Sol, igual a la del día anterior a la de hace 2 meses, 3 años, siglos, ¿la misma de siempre?.

-Ella: Crees tu existencia lo único importante, la razón de mi propia existencia, pero te equivocas, yo seguiré existiendo. Y sé que lo seguirás pensando como lo pensaron cada uno de los anteriores a ti, que se lo han ido trasmitido a los siguientes. Vuestro tiempo significa para mí mucho menos que un estornudo abortado a tiempo para vosotros.
-Ella: Aún olvidando esto, tampoco veo que lo que tú y los demás habéis hecho con vuestro tiempo sea tan valioso para ser recordado. Unos pocos sí, quizá sí merezcan un epitafio en una de mis piedras que les mantenga en la memoria de los siguientes…si es que los hay.
Él la mira con aire sorprendido e inexpresivo.
-Ella: Seguro que también te sorprendería saber que en una buena parte de mí, no has dejado rastro alguno, todo empezó aquí cuando ni siquiera eras un proyecto, siguió su curso con tu presencia y seguirá marchando igual cuando ya no estés.
Hay una pausa mientras aparece una pequeña brisa suficiente para levantar arena que no llega a la altura de las rodillas.
-Ella: No te voy a negar que has dejado huella en mí, que me has cambiado, que has alterado mis ciclos, que ahora veo nubes negras, humo, desolación. Pero no te equivoques, aunque distintos, seguirá habiendo ciclos, que jamás podrás controlar, ni siquiera predecir. Continuaré siendo un enigma casi completo para ti. Porque yo no giro alrededor tuyo ¿recuerdas?.
Él la mira de nuevo y recorre su frente con la mano, como si apartara un grano de arena inexistente.
-Ella: ¡Pero bueno!, ¡dime algo!, ¿ahora que he dejado el silencio te has quedado tú sin palabras?.
Él se levanta se da la vuelta y queda de espaldas con la cabeza inclinada.
-Ella: ¿Sabes?, quizá son las palabras las que os confunden, es tu tiempo, el de todos vosotros el que se puede estar acabando, no el mío. Vosotros mismos habéis puesto en peligro los frágiles equilibrios, las condiciones pactadas para que os pudiera dar cobijo. Si se rompen yo seguiré aquí… y quizá más tranquila.
Él vuelve a girar y observa el atardecer. El Sol inmenso reposa ya por breves momentos sobre el horizonte, unas pequeñas nubes cercanas, que filtran caprichosamente sus matices, lo realzan aún más. En ese momento recuerda que es en el atardecer cuando el Sol parece mayor. Pero sólo a sus ojos. Ese efecto óptico desaparece simplemente rodeándolo en un círculo con sus dedos gordo y anular. Y justo entonces comprende que los atardeceres se sucederán también aunque ya no haya nadie que pueda ser engañado por el efecto óptico.
En lo que no puede reparar es en que millones de años antes, los últimos rayos del atardecer difícilmente podían alcanzar el fondo de la depresión situada bajo sus pies, porque estaban cubiertos por el mar. Piedras, caprichosamente distribuidas, con sospechosos parecidos con moluscos, corales y hasta dientes de tiburón, lo atestiguan.

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